El desierto del Sahara o Sáhara es el más cálido y grande del mundo y el tercero mayor después de la Antártida y el Ártico. Con más de 9 millones de km² de superficie, abarca once países desde la costa occidental de África hasta el mar Rojo y ocupa una extensión casi tan grande como la de China o los Estados Unidos.

Comenzamos nuestro viaje hacia el Sahara tunecino desde la isla de Djerba, al sur de Túnez. Tras cruzar el puente de “El Kanstara” que separa la isla del resto del continente africano y que se hizo para sustituir una antigua calzada romana, llegamos al lago desecado y ahora desierto de sal de “Sebkhet el Melah”, donde nos encontramos una bonita estampa de una “manada” de camellos 🐫 de lo más original. Al fondo es posible divisar la zona turística de Zarzís, últimamente un poco en decadencia.


De aquí a Tataouine, conocida por ser la inspiración del nombre del planeta Tatooine en la famosa saga de Star Wars. Allí es día de mercado, con numerosos puestos de verduras y frutas, donde nos tomamos un té a la menta con dulces típicos hechos de almendra y miel, ricos y empalagosos al mismo tiempo.
Rumbo al desierto, parada de nuevo, esta vez en Chenini, poblado bereber en ruinas ubicado en la cima de una colina cerca de un pueblo moderno que dio nombre a una de las lunas de Star Wars. Antiguamente fue un granero fortificado o ksar, que significa palacio pero que en realidad son viviendas excavadas en la roca. Es la aldea más antigua de todas las existentes, del siglo XI, y uno de los pocos lugares donde aún se habla bereber, joya de la región y uno de sus principales reclamos turísticos.



Allí nos encontramos con un chico joven que dice ser beréber y lo contratamos por 15 dinar para hacernos un recorrido de 1 hora. Habla algo de inglés y francés. Nos cuenta que hay 4 familias beréber en el mundo árabe, en Marruecos, Argelia, Libia y la suya propia en Túnez. El interior de las casas “trogloditas” sin luz artificial es realmente impactante, aunque en la actualidad ya no vive nadie allí y solo está dedicado al almacén de grano y como atractivo turístico.

Decidimos comer allí mismo en el restaurante tradicional “Mabrouk”, donde pudimos degustar couscous, brik al huevo, tajine, cordero…acompañados de “harisa” o salsa picante tunecina, al gusto.

Y de allí, de nuevo en coche al oasis de Ksar Ghilane. El viaje es largo de Djerba al desierto, con las paradas, algo más de 4 horas, pero se hace ameno en compañía de un guía local que habla inglés y francés y te va contando historias acerca de los lugares que visitamos. A ella no ayudan las carreteras tunecinas, que no son nada buenas, y aún llevando un buen coche, no aconsejo aventurarse solo por estos caminos perdidos de Dios.
Camino del oasis, podemos ver un pastor de cabras, solo y a muchísima distancia de cualquier lugar habitado. El guía nos comenta que pueden pasar semanas solos con el rebaño, durmiendo a la intemperie (no hay un solo árbol hasta donde la vista alcanza) y solo regresan a casa cada 10-15 días a recoger provisiones y agua. Lastima no haber parado a tomar alguna foto…
El oasis de Ksar Ghilane se parece a un bar o tasca barato y sucio, aunque cada momento que pasa va cogiendo algo mas de encanto…cambiarse en una especie de cabina de madera, meterse en el agua que está como a 32-34 grados, en pleno mes de Febrero, embadurnarse el cuerpo de barro proveniente del fondo del oasis y relajarte al sol del Sahara tumbado, no tiene precio…Y si ademas, pides un té a la menta con piñones te cambia el estado de ánimo rápidamente.
Pero las dunas nos llaman y nos vamos a esperar a nuestro transfer en 4×4 en lo que parece una gasolinera en el desierto…

El camino nos lleva a través del desierto de arena, piedras y matorrales, más parecido al desierto mexicano, si no fuera porque no hay cactus. Tras 25-30 minutos de recorrido, llegamos al Campamento Zmela , cuya primera impresión es bastante buena, tiendas mejor de lo esperado, al pie de las mismísimas dunas, con cómodas aunque pequeñas camas y buenos cierres para evitar pensar que pueda entrar algún bicho en la noche mientras duermes…


Y nos vamos dunas adentro a disfrutar de la inmensidad del desierto, hacernos las fotos de rigor y disfrutar del paisaje hasta la puesta de sol, de las mejores que he visto a lo largo de toda mi vida. Sólo mejorable cuando llega la noche y tras la correspondiente cena tradicional tunecina en el restaurante del campamento y disfrutar de lo que podría parecerse a una fiesta “flamenca” en mitad del desierto en estilo tunecino, disfrutar de nuevo bajo el manto de estrellas mas increíble que nunca vi, en un cielo completamente estrellado, casi blanco, con una estrella fugaz cada pocos segundos, en mitad de la inmensidad sobre dunas de más de 50 metros de altura, simplemente no tiene precio. Y así hasta no se que hora, donde parece que el mundo se ha terminado y donde no se oye absolutamente nada que te recuerde que vives en el hemisferio occidental de este mundo dentro del siglo XXI.









Nos levantamos al alba para ver el amanecer, también muy recomendable y tras asearnos un poco en los baños comunes y bastante decentes para ser el desierto y Túnez, nos ponemos en marcha para volver al oasis, donde entre dar un paseo en quad o cruzar las dunas en camello, nos decantamos por esto último.


A media mañana toca tomar el camino de vuelta a Djerba, con una única parada, escenario de Star Wars, que nos lleva a recuerdos de la infancia viendo la saga del espacio, aunque no puede más que darnos algo de pena por el pésimo estado de conservación de las mismas.


El camino de vuelta lo pasamos dormidos en el coche, hasta llegar a la isla de los sueños sobre las 18:00 horas, tiempo de asearse un poco, cenar en el buffet del hotel todo incluido Iberostar Mehari Djerba e irnos directamente a dormir y soñar con otra noche en el desierto. Un viaje imprescindible si te animas a visitar Túnez y que probablemente nunca olvidarás.



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