Empiezo por lo obvio, porque casi nadie lo cuenta así: yo no elegí viajar solo. Me tocó.
Más de dos décadas dirigiendo hoteles en distintos países dejan una cifra que ni yo sabría calcular: cuántas noches he dormido sin compañía, en habitaciones que no eran mías, en ciudades donde nadie sabía que yo estaba allí. En 2016 pasé ocho meses recorriendo Europa para Upselling Consulting, implantando un programa que en total llegaría a más de cien hoteles NH en 25 ciudades; a mí me tocaron unos 25 o 30. Cada semana, una ciudad distinta, casi siempre solo.
Algunas mañanas, nada más abrir los ojos, necesitaba un par de segundos para recordar en qué hotel —y en qué ciudad— me había dormido. Años después, viviendo en Túnez, cada vuelo de vuelta a España volvía a ser, otra vez, un viaje en solitario.
El viaje de trabajo, descubrí pronto, no termina cuando cierras la última reunión. Ahí empieza otro viaje, más pequeño, que solo te pertenece a ti.

🧳 Una costumbre que empezó siendo obligación
Nadie me preguntó si quería viajar solo. Fue una condición del oficio, como madrugar o llevar traje con treinta y cinco grados a la sombra.
Con los años dejó de incomodarme y empezó a interesarme: qué haces con esas horas sueltas cuando nadie te espera y nadie decide por ti. La respuesta, casi siempre, fue caminar. Salir del hotel donde acababa de trabajar y ponerme a andar sin plan por una ciudad que no tenía nada previsto para mí.
Ese hábito, más que cualquier teoría de autoconocimiento, es lo que me enseñó a estar solo sin sentirme solo.

🗺️ Decides más, pero también observas más
La ventaja que todo el mundo cita —nadie tiene que ponerse de acuerdo contigo— es real, pero incompleta. Lo que menos se cuenta es que viajar solo cambia cómo miras, no solo qué decides.
Cuando viajas acompañado, una parte de tu atención se queda dentro del pequeño grupo que avanza contigo. Solo, escuchas mejor la calle. Te fijas en cómo saluda la gente, en el ritmo de un camarero, en cómo funciona un hotel desde el mismo instante en que cruzas la puerta. Llevo tantos años en este oficio que no consigo entrar en uno sin evaluarlo, viaje solo o acompañado.
Esa misma libertad me llevó una vez a Viena. Tenía el día libre en mitad de un viaje de trabajo por Bratislava, así que crucé la frontera en un tren de segunda clase que parecía sacado de la Guerra Fría, sin más plan que hacer de turista por el día.
Acabé la tarde en vaqueros y camiseta, después de patearme la ciudad entera, comprando una entrada de reventa para la ópera en la puerta cinco minutos antes de que empezara la función. Negocié el precio a la baja: el revendedor prefería eso a quedarse sin vender nada. Cantaba Anna Netrebko, a quien adoro, y ni siquiera recuerdo qué ópera era. Solo recuerdo estar sentado entre esmóquines, vestido exactamente igual que había empezado el día.
Hay algo más, menos citado todavía: una persona sola resulta más accesible que un grupo. Según el país y la cultura, la gente se acerca con curiosidad, con hospitalidad o con más confianza de la que uno esperaba. He mantenido conversaciones de las que no recuerdo ni el nombre de la otra persona y que, sin embargo, se me quedaron más que muchas cenas en compañía.


🍽️ La mesa para uno, vista desde el otro lado
Llevo suficientes años al otro lado del mostrador para saber que un huésped o un comensal solo dice mucho de cómo funciona realmente un servicio. Se nota en el detalle: si te sientan de espaldas a la sala «por si acaso», o si te tratan exactamente igual que a una mesa de cuatro.
En Corea del Sur existe incluso una palabra para comer solo, honbap, alrededor de la cual ha crecido toda una industria de restaurantes pensados para un único comensal. En Ámsterdam llegó a abrir Eenmaal, un restaurante sin una sola mesa para dos. Lo leí hace tiempo y no se me olvidó: si hace falta inventar un restaurante entero para normalizar comer solo, es que a la hostelería todavía le queda trabajo por hacer.
Yo prefiero, sencillamente, un sitio que sepa recibirte igual de bien vayas como vayas.

🥾 El Camino que casi no compartí con nadie
También hice el Camino de Santiago, en el verano de 2020, recién levantadas las primeras restricciones. Elegí cuatro etapas del Camino Francés, de Ponferrada a Sarria, con la subida a O Cebreiro como la más dura y, también, la más bonita de todas. La pandemia dejó el camino prácticamente vacío: crucé muy pocos peregrinos en cuatro días.
En Villafranca del Bierzo empecé a leer el Quijote, que llevaba años pendiente, y me acompañó las tardes de las cuatro etapas. Le dediqué ya un artículo entero en este blog, así que no voy a repetirlo aquí. Pero sirve como el ejemplo perfecto de lo que viene ahora.

🧠 El precio real no es la soledad, es la memoria
Esto es lo que más me ha costado entender después de tantos viajes en solitario: el problema no es comer solo ni entrar en una habitación vacía. Es no tener testigos.
Hace unas décadas, un psicólogo llamado Daniel Wegner le puso nombre a algo parecido a esto: memoria transactiva. Su idea, resumida, es que las parejas y las personas cercanas funcionan como un archivo compartido. Uno recuerda una parte, el otro recuerda otra, y entre los dos reconstruyen algo más completo de lo que cualquiera guardaría solo. Lo leí hace tiempo y desde entonces entendí mejor algo que llevaba años sintiendo sin saber nombrarlo.
Cuando viajas con alguien, años después basta una frase mal terminada —¿te acuerdas de aquel camarero?— para recuperar una escena entera. La otra persona guarda una parte de ese viaje que tú ya habías perdido.
Cuando has viajado solo, todo el recuerdo depende de ti. Puedes contarlo, enseñar fotos, hasta escribir un artículo sobre ello. Pero nadie puede corregir un detalle ni completar lo que se te olvidó. Compartir una imagen nunca equivale a haber compartido el momento.

👨👧👦 Solo, en pareja o con hijos: no es la misma pregunta
Después de tantos viajes en solitario, tengo clara mi preferencia: viajar en pareja o en familia. Es distinto, no necesariamente mejor, pero sí más ameno, y convierte lo vivido en una historia que dos personas pueden contar de dos maneras distintas y las dos ciertas.
Con mis hijos me ocurre eso constantemente: cada uno se queda con un fragmento distinto del mismo viaje. Con amigos, en cambio, creo que se viaja más divertido que de ninguna otra manera. Pero esos viajes funcionan mejor cortos. Pasado cierto punto, siete personas de acuerdo en todo dejan de estar de acuerdo en algo.

Solo, pero no siempre por elección
No voy a decir que viajar solo sea mejor ni peor que hacerlo acompañado, porque no lo es. Es distinto, y cada versión tiene su propia manera de terminar bien.
Seguiré viajando solo cuando el trabajo lo pida, que seguramente será a menudo. Caminaré más, observaré más y hablaré con algún desconocido al que le pediré que me haga una foto. Pero ante ciertos paisajes seguiré echando de menos tener a alguien al lado. No por miedo a la soledad, sino porque sé exactamente qué se pierde cuando no lo hay: alguien que, años después, recuerde contigo lo que tú ya empezaste a olvidar.
¿Prefieres tú la libertad de viajar solo o tener siempre a alguien con quien recordar el viaje después? Cuéntamelo en los comentarios.
— Davidsevcab · Fuerteventura, España


¡Muchas gracias! Me alegra que te haya gustado. Por cierto, aquí me apareces como “Anónimo” y no sé quién eres… ¿me lo dices? 😊
Muchas gracias por tus palabras. Los viajes de trabajo tienen mucho de eso: acabas conociendo ciudades y también aprendiendo a estar solo. Y lo de que cada artículo va a más me hace especial ilusión. Por cierto, aquí también me apareces como “Anónimo” y no sé quién eres… ¿me lo dices? 😊
TOP, David!!!
David, viajo mucho solo también por trabajo. Expresas muy bien lo que se siente. Cada arrículo escribes mejor y con más profundidad. Enhorabuena amigo!!!